ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Luis Bosch
1. Editorial
A principios de este mes de noviembre el Salón Náutico Internacional de Barcelona abrirá sus puertas, ocupando más metros cuadrados en tierra y en el agua que nunca. Su cuadragésima sexta edición evidencia una mayoría de edad de la que pocos salones pueden presumir. Está claro que en tantos años —cuarenta y cinco y no cuarenta y seis, porque en un año se celebraron dos ediciones— esta feria las ha visto de todos los colores. Pero, como es natural, en este caso la memoria histórica de la náutica de recreo, representada por el Náutico, se borra dejando los mejores recuerdos, que curiosamente son también los más recientes. En efecto, el crecimiento de la última década ha sido espectacular, tanto para el Salón como para la náutica de ocio en general. Cada edición reclamaba más metros, más amarres en el Port Vell y más expositores, que acudían a Barcelona como si fuera la Meca de la náutica europea. Hasta aquí hemos llegado.
Este año el Salón Náutico Internacional de Barcelona estrena director. Jordi Freixas, con la experiencia de hombre todoterreno parece haber caído bien, y esperemos que así sea. Por esta razón le hemos entrevistado para que nos cuente más cosas sobre el presente y futuro del Salón, y para darse a conocer mejor. Pero también el Salón estrena pabellones, con más metros cuadrados de exposición en tierra para que todos quepan, a sus anchas y bien redistribuidos. En consecuencia, y como ya viene siendo habitual en esta feria, cada vez que se incrementa la superficie para los expositores, el Salón resectoriza. Es decir que se vuelve a desordenar para ponerlo todo en orden de nuevo. Es otro orden de cosas, que motiva, eso sí, contentos y descontentos. Y claro, nosotros también estaremos resectorizados en el Pabellón 1, cerca de la nueva entrada principal. En fin que puestos a estrenar, también el Salón estrenará el muelle de Barcelona, donde se mostrarán las embarcaciones de la Barcelona World Race, una regata de vuelta al mundo a dos, sin escalas. Ahí es nada.
Sigamos. El Salón batirá récords. Seguramente la inercia de los “reciénllegados” —¡ay! ese dólar tan barato—, motivada por la fama de Barcelona y por la creencia de que aquí se vende todo, comenzará a nublar algunas buenas perspectivas. Muchos ya hablan de una “leve” —¿qué es leve?— crisis que comienza por las embarcaciones de menor eslora. Otros, los de las grandes esloras y soberbios megayates, desembarcan en el Salón como si la Ciudad Condal se vistiera de Monte Carlo. Nada más falso. A nadie se le esconde que el mercado no da para tanto y de que la oferta es desproporcionada, entre los grandes y entre los pequeños. Pero la demanda se encarga siempre de seleccionar lo mejor, o lo más comercial. Limpia de oportunistas el sector. Barcelona es una buena excusa, eso sí, para las operaciones comerciales, y por ello no en vano, en un reciente estudio publicado sobre las mejores ciudades para hacer negocios de Europa, esta capital aparecía entre las cuatro mejores de la CE.
El Salón Náutico no es, sin embargo, una feria de vanidades. Es un escaparate de ilusiones convertibles, de un crédito de ocio que se hará realidad. Es, desde luego, el crisol del negocio de un sector que cada día pesa más en el panorama económico del país, pero aún poco reconocido por las administraciones correspondientes (Hacienda, Dirección General de la Marina Mercante, y demás).
El Salón Náutico será la estrella del Mediterráneo en noviembre. La cita ineludible de los amantes del mar, porque no solo son barcos, ni accesorios, ni motores, ni cosas marineras, también son acontecimientos, presentaciones, premios y reconocimientos para muchos que comparten lo que más nos gusta: la náutica de recreo, la pesca o las actividades afines. Hasta el próximo mes.
1. Editorial
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