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NAVEGACIÓN (II): ABATIMIENTO Y DERIVA

Náutica nº 226

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El viento y la corriente son dos factores que pueden desviarnos de nuestra trayectoria que son causa del abatimiento y la deriva, respectivamente. Saber corregir el rumbo para compensar sus efectos es uno de los conocimientos básicos de todo patrón. Aquí repasamos cómo calcular estos efectos y cómo compensarlos.

Ya sabemos adónde queremos ir, a qué distancia está nuestro punto de destino y qué rumbo debemos seguir para llegar hasta allí. Podríamos estar tentados de pensar que ya todo está hecho: damos el rumbo al timonel, ponemos la corredera a cero y dejamos pasar las horas hasta ver aparecer la bocana del puerto por nuestra proa. Si actuáramos así podría muy bien suceder que, en el mejor de los casos, la ansiada bocana no apareciera por la proa a la hora esperada. Y si las cosas se tuercen, podríamos vernos involucrados en algún percance de cierta gravedad. Sucede que, más a menudo de lo que uno se espera, de la teoría a la realidad hay un buen trecho. Una vez hemos empezado a navegar puede ser que el viento no nos permita arrumbar en la dirección deseada, o que una corriente nos desvíe. A veces, es posible que nos demos cuenta de que no vamos a rumbo, pero en muchas otras ocasiones podemos no enterarnos si no tomamos las precauciones debidas. Y entonces la bocana antes citada se aleja cada vez más de nuestro rumbo.
Por esto hay que asegurarse siempre de que seguimos la ruta prevista, de que no nos desviamos de ella –o al menos de que si lo hacemos, sabemos hacia dónde vamos y que no corremos ningún peligro– y que avanzamos de acuerdo con nuestros planes. Por esto de vez en cuando debemos confirmar nuestra posición.

INSTRUMENTOS DE NAVEGACIÓN
Para todo ello, tenemos a bordo una serie de instrumentos. El principal –y por desgracia, casi el único que se usa en muchos barcos– es el GPS, el aparato que más ha revolucionado la navegación en los últimos 50 años. Básicamente se trata de una radio conectada a una serie de satélites artificiales y provista de un ordenador. La combinación de una y otro le permite, por una parte, calcular su posición a cada instante; y por otra, efectuar una serie de cálculos matemáticos que simplifican mucho la labor del navegante.
Conocida la posición, y sabido nuestro punto de partida y de destino, para un ordenador es muy sencillo averiguar si vamos a rumbo o si, por el contrario, nos estamos desviando y hacia dónde. Además, al actualizar constantemente nuestra posición, nos puede informar también de nuestra velocidad y rumbo reales sobre el fondo. Si además lo conectamos a un compás, rápidamente nos dirá si la diferencia es debida a que nuestra proa no apunta adonde debiera, o a que sufrimos abatimiento o el efecto de la corriente. Todos estos cálculos que ahora hace el GPS hasta hace poco los hacía cada patrón o navegante. Y es bueno que estos conocimientos no se pierdan. Y ello no por ningún afán de mantener las tradiciones o de querer complicarnos la existencia, sino por una simple cuestión de seguridad: es imprescindible poder seguir navegando –al menos, llegar sanos y salvos a puerto– en el caso de que el aparatito en cuestión deje de funcionar, sea por un fallo mecánico, sea porque nos quedamos sin baterías o porque los norteamericanos vuelven a desconectar los satélites, como ya han hecho en alguna otra ocasión.

ORZAR CONTRA EL ABATIMIENTO
Como siempre, es mejor prevenir que curar. A la hora de navegar, es preferible pensar de antemano en los factores que van a desviarnos de nuestra ruta, antes que tener que reaccionar cuando ya no vamos a rumbo. Por ello, lo primero que tenemos que hacer es prever el abatimiento y la corriente que van a apartarnos de nuestra trayectoria. El abatimiento es consecuencia de la acción del viento sobre la obra muerta. Aunque afecta, sin duda, más a los veleros que a las motoras, éstas tampoco están exentas de sus efectos.
El abatimiento se calcula en grados y lo más normal es preverlo de antemano para corregir el rumbo desde el momento mismo de la salida. Esta previsión la iremos actualizando en función del viento que tenemos. Así, por ejemplo, si empezamos a navegar con un viento de fuerza 3 por la aleta, el abatimiento es casi despreciable. Pero a medida que el viento vaya rolando hacia la proa, empezará a influir en nuestro rumbo efectivo. En un velero moderno, puede llegar a ser de entre 5 y 10º en ceñida, algo más si se trata de un diseño antiguo de quilla corrida, como algunos barcos de crucero.
Algunos patrones miden con bastante exactitud los grados del abatimiento con la ayuda de un transportador de ángulos. Lo colocan contra el espejo de popa tras pasar un hilo fino de pescar por su centro y lastrar con un pequeño plomo el largo chicote que lanzan al agua. El hilo no seguirá exactamente nuestra estela, sino que se desviará unos pocos grados: es el ángulo que nos desvía el abatimiento. De todas formas, con un poco de experiencia y conocimiento del barco, podremos calcular el abatimiento “a ojímetro” y no nos equivocaremos de mucho. La corrección es obvia: hay que orzar estos mismos grados para mantenernos en el rumbo previsto. Si recibimos el viento por babor, el abatimiento es a estribor y de signo positivo; si recibimos el viento por estribor, el abatimiento es a babor y de signo negativo. Para pasar del rumbo verdadero (el previsto) al rumbo superficie (al que debemos apuntar para llegar a nuestro punto de destino), restaremos algebraicamente el abatimiento.

EL CÁLCULO DE LA CORRIENTE
Si el abatimiento es el desvío que nos provoca el efecto del viento sobre la obra muerta del barco, la deriva es la desviación que nos causa la corriente. Conocer con exactitud la corriente que vamos a encontrar es más difícil que calcular la influencia del viento, pero no por ello tenemos que renunciar a prever sus efectos de antemano. Lo primero es informarnos. Y para ello tenemos que estudiar las cartas, los derroteros y las guías náuticas, que nos suelen indicar las corrientes habituales en cada zona, e incluso la dirección y la fuerza o intensidad horaria de la corriente causada por las mareas.
La experiencia, unida al conocimiento del área (algo que sólo es posible si hemos navegado mucho por ella), puede permitirnos corregir ligeramente estas predicciones genéricas: un viento fuerte de la misma dirección durante un par de días puede provocar una corriente en el mismo sentido, que seguramente persistirá unos días o unas horas cuando el viento deje de soplar. Una vez conocida (o supuesta) la corriente que encontraremos, se trata de corregir el rumbo antes de que realmente nos apartemos de la ruta prevista. Para ello, y desde el punto de partida (o desde el que nos encontramos en este momento) dibujaremos sobre la carta el rumbo y la intensidad horaria de la corriente (AB), como puede apreciarse en el gráfico 1. Desde el mismo punto A trazaremos una recta con el rumbo al que queremos ir (AX). Finalmente, abrimos el compás de puntas con la velocidad a la que en principio navegaremos y desde el punto B (el punto al que nos desplazaría la corriente en una hora si nos mantuviéramos al pairo) cortamos la recta AX. Si queremos ir en la dirección deseada, debemos seguir el rumbo que señala la recta BC y nuestra velocidad de avance será la que indique la distancia entre B y C. Hay que tener en cuenta la importancia de nuestra propia velocidad en la corrección del efecto de la corriente. Observemos el gráfico 2. Tenemos una corriente del través de 2 nudos (AB), queremos dirigirnos a X y suponemos que avanzaremos a 5 nudos. Con estos datos, debemos aproar al 338º (BC) y nos dirigiremos hacia nuestro punto de destino a una velocidad efectiva de 4,6 nudos. Si, en cambio, esperamos avanzar a 10 nudos, nuestro rumbo será 350º (BC’) y nos moveremos a 9,8 nudos sobre el fondo.

CÓMO RECTIFICAR EL RUMBO
Supongamos que no hemos previsto ninguna corriente, sea porque nos hemos olvidado de calcularla, sea porque pensábamos que no habría, o que sería inapreciable. Avanzamos sin novedades hacia el rumbo previsto, pero que al cabo de un par de horas de navegación nos damos cuenta de que nos estamos desviando de la ruta deseada. Apenas sopla viento, vamos a motor, estamos convencidos de que nuestro compás funciona correctamente y, por tanto, en principio, el único motivo por el que nos hemos desviado es la existencia de una corriente desconocida. ¿Cómo podemos averiguar la dirección y velocidad, a fin de corregir nuestro rumbo a partir de ahora?
La solución es muy sencilla (gráfico 3). Ante todo, anotamos sobre la carta el punto de partida (A) y el punto en que nos encontramos ahora (B). Desde el punto A trazamos una recta con el rumbo previsto, hasta el lugar en el que teóricamente deberíamos estar ahora (AC). En el tiempo transcurrido desde la salida, la corriente nos ha desplazado desde C hasta B. La dirección de esta corriente es, por tanto, el rumbo CB y su intensidad horaria es la parte proporcional a la distancia CB correspondiente a una hora. Hay que hacer, por tanto, una sencilla regla de tres. En este caso, la intensidad horaria será la mitad de la distancia CB, pues hemos dicho que el desplazamiento correspondía a una navegación de dos horas.

CORRIENTE DE IDA Y VUELTA
En algunas ocasiones es preferible no corregir el rumbo para compensar el efecto de la corriente. El típico ejemplo en que esto sucede es cuando nos debemos enfrentar a dos corrientes alternativas opuestas entre sí, fruto de los movimientos de la marea. Supongamos que queremos desplazarnos de A a B. El tiempo previsto para esta travesía es de 12 horas. Durante las seis primeras sufriremos el efecto de una corriente del través que nos desplazará hacia babor.
La intensidad de esta corriente irá aumentando durante las tres primeras horas y disminuirá en las tres siguientes. En la segunda mitad de la travesía la corriente nos desplazará hacia estribor, con la misma intensidad horaria que en las seis primeras horas, pero en sentido contrario. Si corrigiéramos el rumbo constantemente para mantenernos siempre sobre la ruta directa entre A y B, acabaríamos navegando más millas (y por tanto alargando la travesía) que si ignoramos la corriente. El desplazamiento lateral final será nulo, o sea que al cabo de 12 horas llegaremos a nuestro punto de destino. En este caso, sin embargo, debemos analizar con detenimiento la carta para asegurarnos de que al desviarnos de nuestra ruta (primero hacia babor y después acercándonos de nuevo a la recta entre A y B) no correremos ningún peligro en forma de bajos fondos, excesiva cercanía de tierra, etcétera.

CON EL GPS
Si disponemos de un GPS, podremos comprobar inmediatamente si hemos acertado en nuestros cálculos, tanto si corregimos el rumbo desde la misma salida como si lo rectificamos después de comprobar que no avanzamos exactamente en la dirección prevista. El instrumento tiene una función que permite conocer en cada momento si nos estamos apartando de la ruta trazada y, al mismo tiempo, introduce el factor distorsionador (tanto si se trata de abatimiento como de corriente, pues el aparato no puede distinguir entre uno y otra) y nos calcula el nuevo rumbo debido.
La pereza puede hacernos dejar para el ordenador todos estos cálculos. Es evidente que el GPS, como todos los otros aparatos que llevamos a bordo, está para facilitarnos la vida. A nadie se le ocurre, por ejemplo, usar un escandallo cuando las sondas permiten conocer la profundidad del mar con sólo mirar una pantallita. Pero al menos de vez en cuando valdría la pena realizar nosotros mismos los cálculos de corrientes y abatimiento y comprobar después los resultados con las indicaciones del GPS. Es una manera de mantener frescos nuestros conocimientos y poder usarlos cuando el aparato se averíe. Porque, aunque ahora pueda parecernos imposible, seguro que se averiará. Y casi siempre será en el momento menos oportuno.

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