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NAVEGACIÓN (I): CARTAS NÁUTICAS Y RUMBOS
Carta de marear de las Indias Cartas Mercator Cartas Náuticas Gerdad Mercator Juan de la Cosa  
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1. Introducción2. Más información
Las cartas náuticas son uno de los instrumentos básicos de la navegación. Las usamos para desplazarnos por mar de un punto a otro, para elegir el lugar del próximo fondeadero y también para alejarnos de los peligros, pues son las principales encargadas de alertarnos de su existencia.
Desde que el hombre navega, ha tenido especial cuidado en anotar las formas de las costas que descubre. Lo hacían los fenicios, lo hicieron los vikingos, así como los polinesios y no digamos ya los grandes descubridores europeos de los siglos XVI a XVIII.
La información pasaba de generación en generación, en forma de notas, cartas náuticas o tradición oral. Lo importante era no perder un conocimiento que permitía a los navegantes encontrar un puerto o una isla en la que nunca habían estado, y saber si en el camino habían encontrado algún obstáculo o peligro que tuvieran que evitar. Así, los polinesios sabían que para llegar a Tahití debían situarse en la declinación de la estrella Sirio, la más brillante del firmamento; y su tradición oral les hablaba de la distancia entre islas y de los vientos y las olas que podían encontrar en sus navegaciones en las distintas estaciones del año.
Más cerca de nuestra propia tradición, es famosa la Carta de marear de las Indias, de Juan de la Cosa, con la reproducción de todo el mundo conocido por los europeos. Posteriormente, el capitán Cook nos dejó detalladísimas cartas de las tierras que descubría para los británicos, muchas de las cuales se utilizan aún como base de los actuales sistemas de navegación, pues sus cálculos de posición eran de una exactitud que incluso hoy llama poderosamente la atención.
Aunque actualmente algunos quieran ignorar esta tradición de cartas náuticas de papel, la información que nos proporcionan es indispensable. Si bien el futuro —en buena parte este futuro ya es una realidad— pasa por la digitalización, la esencia es la misma: reproducir gráficamente una costa, con toda la información que nos puede interesar a los navegantes. Cómo extraer y aprovechar toda esta información es una de las bases de todo navegante que se precie. Una carta náutica es un documento que debe observarse con gran atención y sin prisas, pues son muchas las indicaciones que atesora. La forma de la costa, las distancias, las sondas, los puntos sobresalientes que pueden servirnos para situarnos (desde faros y balizas a puntos de referencia como iglesias o torres), los peligros, las corrientes, las mareas, las zonas prohibidas para la navegación y la declinación magnética del año de la publicación de la carta están allí reseñados para quien se tome la molestia de buscarlos.
Toda esta información se encuentra también en las cartas digitales, pero no siempre es visible en la pantalla: o bien en la pantalla sólo vemos detallado un fragmento muy pequeño de la carta, o bien sólo vemos algunas de las informaciones, porque todas no caben a la vez. Quien use este tipo de tecnología debe ser muy consciente de este inconveniente; de lo contrario, se expone a no conocer alguna información que puede ser esencial en la ruta que está preparando.
INSTRUMENTO BÁSICO DE NAVEGACIÓN
Las cartas náuticas siguen siendo el instrumento básico que tenemos los navegantes para calcular los rumbos y preparar una travesía, por corta que sea. Es evidente que podemos calcular un rumbo sin otro instrumento que el compás si tenemos nuestro punto de destino a la vista. Y la tecnología también permite, gracias al GPS, calcular el rumbo sin tener delante ninguna carta, a condición de conocer las coordenadas geográficas de los puntos de salida y de destino (pero para conocerlos es indispensable que alguien los haya extraído de una carta náutica). Sin tanta tecnología, este cálculo a partir de las coordenadas del inicio y final también puede hacerse mediante las muy tradicionales tablas náuticas.
Sin embargo, aunque la tecnología lo permita, ningún navegante consciente preparará una travesía a ciegas, calculando sólo el rumbo y la distancia que nos separa del punto de destino. Nadie en sus cabales puede lanzarse a navegar sin saber que la ruta está libre de obstáculos y peligros, que da suficiente recaudo a todos los puntos de tierra, que siempre tendremos suficiente agua debajo de la quilla y que no nos acercaremos a ninguna zona peligrosa. El GPS es, en este sentido, ciego: calcula el rumbo entre dos puntos, sin importarle en absoluto si alguno de ellos está en tierra firme y, por tanto, es inaccesible navegando.
Toda esta información podemos, y debemos, extraerla de las cartas náuticas. Si queremos preparar una travesía, lo primero es trazar (con un lápiz) la línea que una los puntos de salida y de destino. Podemos calcular inmediatamente la distancia a cubrir, pues para ello basta con abrir el compás de puntas para unir la totalidad de la ruta y trasladarla al recuadro vertical que rodea la carta: los minutos de grado de meridiano que cubra el compás de puntas equivaldrán al número de millas de la travesía medida.
Pero más importante que la distancia a recorrer es saber las circunstancias que rodean la ruta que queremos trazar sobre el mar. Ante todo, hay que confirmar que la totalidad del recorrido transcurre sobre el agua, es decir, que no hay ningún cabo que interfiera en nuestro camino.
La siguiente observación debe dirigirse a comprobar que siempre tendremos suficiente fondo debajo de la quilla. Si navegamos en zonas de mareas, es posible pasar sobre algunos puntos que descubren en bajamar, pero en este caso deberemos adecuar nuestro paso por ellos al tiempo en que podamos hacerlo, previa consulta al anuario de mareas y, evidentemente, a las condiciones meteorológicas reinantes.
Comprobaremos las corrientes que podamos encontrar. Y si navegamos cerca de tierra, indagaremos también el perfil de la orografía de la costa y la altura de sus montañas, pues pueden influir, y mucho, en el régimen de los vientos que nos afectarán.
Esta información deberíamos completarla con la consulta del derrotero o de las guías náuticas de que dispongamos. Tras estas consultas decidiremos si la ruta prevista sigue siendo la mejor (quizá es conveniente dar un rodeo para evitar una fuerte corriente contraria o un punto de olas especialmente peligrosas por coincidir viento y corriente opuestos, por ejemplo).
CALCULAR LOS RUMBOS
Una vez satisfechos de la ruta, debemos convertir la recta trazada sobre la carta (sea de papel o electrónica) en información útil para el timonel. Debemos saber qué rumbo hemos de seguir y a qué distancia está nuestro punto de destino, y cada uno de los puntos en los que debamos cambiar de dirección (porque hemos rebasado un cabo que se interponía en nuestro camino, por ejemplo).
Para conocer el rumbo, lo más habitual es usar un transportador de ángulos. Colocamos uno de sus lados sobre un meridiano o un paralelo con el grado cero hacia arriba, y con la ayuda de una regla lo desplazamos hasta que su punto central esté sobre algún punto de nuestra ruta. Nuestro rumbo será el que señale sobre el transportador la recta correspondiente.
Otra forma de conocer el rumbo, sin necesidad de disponer de transportador de ángulos es usando unas reglas paralelas o una regla y una escuadra (o cartabón). Colocamos la regla o la escuadra sobre la línea de nuestro rumbo y, ya sea accionando las reglas paralelas, o ya sea moviendo la escuadra con ayuda de una regla, trasladamos esta recta sobre la rosa de los vientos, que viene dibujada sobre la carta, donde podemos leer el rumbo verdadero sin ninguna dificultad.
Ya tenemos el rumbo. Sí, pero no: sucede que éste no es el rumbo que debe seguir el timonel. El rumbo que hemos averiguado es el denominado rumbo geográfico o rumbo verdadero, es decir, el ángulo que forma la recta de nuestra trayectoria con la recta que nos une al polo Norte geográfico. Este rumbo, sin embargo, puede no coincidir con el rumbo que deberá seguir el compás del barco, por la sencilla razón de que el polo Norte magnético no siempre coincide con el polo Norte geográfico. Entre ambos hay una diferencia que oscila de un punto a otro de la superficie terrestre. Esta diferencia, conocida como declinación magnética (dm), viene expresada en todas las cartas náuticas. A efectos de cálculo, la declinación magnética puede ser positiva o negativa. Será positiva si el Norte magnético está situado en esta zona a la derecha (el Este) del Norte geográfico; y será negativa si el Norte magnético está a la izquierda (al Oeste) del Norte geográfico.
Este Norte magnético, sin embargo, tampoco es el punto al que apunta la aguja de nuestro compás, afectado por las masas metálicas que puede haber a bordo, incluidos los pequeños imanes que se encuentran en el interior del propio instrumento. Entre uno y otro hay un pequeño ángulo, que varía según el rumbo, y que se denomina desvío ( ). Al igual que la declinación magnética, el desvío puede ser positivo o negativo.
Nuestro compás no nos indica dónde está el Norte de la Tierra, que es el que nos marcan las cartas náuticas, sino otro distinto, que varía según el rumbo y que está influido por la declinación magnética y el desvío de nuestro propio instrumento. Esta diferencia se denomina corrección total (Ct) y algebraicamente se representa por la fórmula Ct= dm + . Hay que señalar que cada concepto se suma con su signo correspondiente.
Conocido el rumbo verdadero (Rv, el que hemos medido en la carta) y sabida la corrección total, podemos ya averiguar el rumbo de aguja (Ra) que deberá seguir el timonel: Ra = Rv – Ct. Como siempre, se trata de una operación algebraica, por lo que cada dato se incorpora a esta resta con su signo correspondiente.
EL RUMBO CON EL GPS
Si disponemos de GPS, podemos calcular el rumbo mediante este ordenador conectado por radio a una serie de satélites artificiales. Pero para ello necesitaremos introducir antes las coordenadas geográficas (latitud y longitud) de los puntos de salida y llegada, así como de todos los puntos intermedios que consideremos oportunos para una ruta más segura.
Si bien los derroteros y guías náuticas pueden proporcionarnos las coordenadas geográficas de una serie de lugares, es probable que no debamos arrumbar al punto que nos indican, porque está en tierra firme. Es lo que sucede, por ejemplo, con los faros. En todo caso, lo que es seguro es que la latitud y la longitud de los puntos de paso o waypoints por los que queremos pasar como medida de precaución, deberemos encontrarlos nosotros.
Para el GPS calcular la ruta entre dos puntos es sencillísimo: basta con que le demos las coordenadas de nuestros puntos de salida y de llegada para que nos responda con el rumbo y la distancia que hay entre ellos. Si no le hemos indicado otra cosa, se trata del rumbo verdadero, por lo que a partir de este momento deberemos aplicarle la corrección total (Ct) para conocer el rumbo de aguja. También podemos programar al aparato para que haga los cálculos él mismo.
Más sencillo aún es calcular la ruta con una carta electrónica. Según los fabricantes y los modelos, la operación puede limitarse a un par de clics con el ratón. Debemos fijarnos siempre en qué rumbo nos da: es muy probable que nos informe del rumbo verdadero, pero también puede indicarnos el rumbo magnético. Para calcular el rumbo aguja deberemos restarle el desvío de nuestro compás, que encontraremos en la tabla de desvíos que guardamos con la documentación del barco.
LAS CARTAS MERCATOR
La inmensa mayoría de cartas náuticas que se usan actualmente se basan en la proyección Mercator. Este geógrafo flamenco, que trabajó para Carlos V de Alemania, publicó en 1569 un mapa para uso de los navegantes en que aparece la proyección que lleva su nombre (Gerard Mercator o Gerard Kremer) y que se sigue utilizando para la ortodromía. Esta forma de representar la esfera terrestre en una superficie plana tiene el inconveniente de deformar la superficie de las zonas situadas en las latitudes altas, pero pese a ello sigue siendo la mejor de las representaciones cuando se trata de zonas de una latitud similar.
En las cartas tipo Mercator los meridianos están representados por rectas paralelas a igual distancia unas de otras, y los rumbos verdaderos se representan como líneas rectas, y no como espirales alrededor de la superficie terrestre. Los paralelos se representan por líneas perpendiculares a los meridianos y la distancia entre ellos aumenta con la latitud: se alejan entre sí a medida que se acercan a los polos.
Las distancias se calculan en la escala de latitudes, a la misma altura de la distancia que se desea medir. Como ya es sabido, una milla equivale a un minuto de arco de meridiano.
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