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Especial equipo: la osmosis, afrontar las adversidades
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Cualquiera que compre un barco de ocasión construido en poliéster se preocupa del problema de la osmosis. Desde hace tiempo sabemos que se trata de un mal natural inevitable que afecta a todos los barcos. ¿Hemos de rechazar el poliéster por ello?

Del mismo modo que no rechazamos el acero por el hecho que provoca herrumbre, las aleaciones de aluminio porque se oxidan o la madera a causa de los bichos que pueden carcomerla, por la putrefacción, por los hongos, etcétera, tampoco hemos de rechazar el poliéster. Cada material empleado en la construcción náutica tiene sus ventajas e inconvenientes, tan solo hay que ser conscientes de ello.
La osmosis es un fenómeno que parte del siguiente principio: un líquido de baja concentración va migrando de forma natural hacia un líquido más concentrado, a condición de que ambos líquidos estén separados por una membrana semipermeable. Encontramos el fenómeno de osmosis en la naturaleza (la savia de los árboles absorbe el agua que le permite desarrollarse a través de las hojas) y en nuestros barcos: aprovechamos la osmosis para producir agua dulce a partir del agua de mar (potabilizadoras), que si bien puede ser provechosa en este caso, también causa problemas cuando ataca los estratificados del casco. No es algo nuevo en la náutica. En los años setenta del pasado siglo, las ampollas que descubríamos por debajo de la línea de flotación eran atribuidas bien a las capas de antifouling o bien a la incompatibilidad de los diferentes productos. La solución consistía en lijar las ampollas, dejar que secaran y taponarlas luego con masilla epoxy. No se tomó plena conciencia del fenómeno hasta la década de los años ochenta, tras los disgustos sufridos por el astillero Bénéteau, cuando se comprobó que las carenas de varios barcos nuevos o recién botados estaban afectadas. Fue entonces cuando se empleó el término osmosis por primera vez.
Aunque el problema que apareció en dicho astillero no era la osmosis natural, sino que la causa de que se acentuase el fenómeno fue debida al empleo de productos incompatibles (se hablaba entonces de catalizador). El astillero aceptó su responsabilidad y trató con epoxy todos los barcos afectados.
¿Por qué aparece la osmosis en los barcos de poliéster? Para entenderlo hay que ir a la construcción del barco. Partimos de un molde dentro del cual primero se pulveriza el gelcoat y luego la resina de poliéster (un líquido viscoso) cargado de fibras de vidrio. La resina pasa al estado sólido al añadirle un catalizador. A pesar de las precauciones que toman los astilleros en todas las fases de fabricación, puede ocurrir que algunos trozos de fibra sean proyectados en la resina sin haber quedado perfectamente impregnadas por el catalizador, incluso que pequeñas impurezas impidan que la resina endurezca. Debido así a la microporosidad existente, ningún casco es el cien por cien compacto y estanco al agua. En la práctica concurren todos los ingredientes necesarios para desarrollar la osmosis: el agua, que es un líquido de baja concentración; el gelcoat, que forma una barrera semipermeable, y un líquido de alta concentración contenido en la resina de poliéster. El agua (tanto del mar o dulce) puede pasar a través del gelcoat creando un desequilibrio (hidrólisis) en el seno del poliéster. Como consecuencia de la reacción química se forma ácido acético. Este ácido, si el gelcoat es de buena calidad, no puede aparecer a modo de ampollas entre el poliéster y dicho gelcoat. Para evitar la osmosis sería necesario que el gelcoat fuese totalmente impermeable y que la estructura del material (polímero) fuera perfectamente compacta y libre de residuos. Y esto es imposible.
Rechazar una construcción de poliéster a favor de otro material, que también tiene sus problemas, es algo excesivo. Conviene saber que existen dos fenómenos de osmosis: uno es accidental y el otro natural. La osmosis accidental está relacionada con la construcción del barco (dosificaciones incorrectas, productos inadecuados, temperaturas y grados de humedad incontrolados, etc.). En este caso, la osmosis se desarrolla con rapidez y su tratamiento resulta difícil. En este aspecto puede estar tranquilo: los astilleros respetan los procedimientos de trabajo y de control para evitar tales problemas. En cuanto a la osmosis llamada natural, no hay manera de evitarla. Se detecta visualmente (en forma de pequeñas ampollas) al cabo de siete a diez años en los barcos que permanecen a flote. Si se mantiene en estado de algunas pequeñas ampollas (puntas de aguja), significa que el proceso ha comenzado y no hay manera de pararlo. Su desarrollo es muy lento, pero es preciso vigilarlo. Si las ampollas son importantes conviene asegurarse de que realmente se trata de osmosis y comprobar hasta qué punto se ve afectada la estructura.
Ante todo, al sacar el barco del agua hay que limpiar la carena hasta llegar al antifouling. No debe extrañarnos que en esta situación se detecten ampollas entre el antifouling y el gelcoat, unas ampollas que no son osmosis, pues el antifouling no es una barrera semipermeable. A menudo, son debidas a superposiciones de capas. Para descubrir la osmosis hemos de llegar más lejos y quitar el antifouling. Una vez hecho esto, si siguen detectándose ampollas entre el gelcoat y el estratificado, es preciso averiguar su procedencia. Puede deberse a una mala aplicación del gelcoat. Para estar seguros de ello basta perforar la ampolla: si sale un líquido viscoso con un fuerte olor a vinagre (ácido acético) estamos ante la presencia de osmosis. La importancia de las osmosis la determinaremos examinando visualmente toda la parte sumergida y tomando nota de la ubicación de las zonas afectadas. A continuación, hay que medir el grado de humedad del casco utilizando un comprobador, como por ejemplo el Tramex. Téngase en cuenta que esta medición solo debe hacerse una vez esté la carena seca (transcurridos unos 15 días desde que el barco está fuera del agua). Volveremos a repetir la medición con cierta periodicidad para asegurarnos que el casco expulsa bien el agua que contiene. Es normal para un barco que haya permanecido a flote que al cabo de algunos años —más de siete— presente un importante porcentaje de humedad.
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